La obligatoriedad de prescribir por principio activo

La gota que colma el vaso

La obligatoriedad de prescribir por principio activo impacta en un contexto sanitario ya muy perjudicado. Si bien tenemos en España comunidades en las que esta medida ya esta instaurada en un porcentaje de las prescripciones desde hace años, el impacto que va a tener en el momento actual va mucho más allá.

El médico no evalúa la medida de forma aislada, sino que para él es la gota que colma el vaso, ya que se suma a otras medidas que, sin haber sido comunicadas a nivel social por los medios de comunicación, están afectando en su día a día, en su poder de decisión como médico y en el paciente.

Mientras que hace unos meses se buscaban médicos fuera de España porque parecía que aquí no teníamos suficientes, ahora se opta en algunos centros por no renovar al personal médico: se  decide no cubrir las bajas (quedando cupos de pacientes crónicos sin asignar y ‘en manos de Dios’ hasta que la persona de baja se reincorpore), en vacaciones ya no siempre  no se realizan  suplencias….

Todo ello indiscutiblemente revierte de forma muy negativa en el médico, quien ve como su carga de trabajo incrementa, debe atender a  un mayor número de pacientes a la par que sus derechos se van disminuyendo: no poder hacer las vacaciones cuando se desea, tener que hacer jornadas de trabajo larguísimas sin por ello recibir ninguna compensación, …

Y por si todo esto no fuera suficiente también se le cuestiona como médico: el sistema sanitario le plantea la posibilidad de revisar sus prescripciones, con la finalidad de optimizarlas y que ello suponga un ahorro económico (cambiar los ARA II por IECAS, revisar a las pacientes con OP y las que lleven más de 10 años con el tratamiento retirarlo, revisar los pacientes que van con omeprazol, …)

 

 

En base a ello no solo ha perdido valor la marca como tal, sino que incluso el grupo terapéutico o el principio activo se ponen entredicho.

El médico siente que la sanidad se está desmoronando. En su discurso se palpa la incertidumbre de su futuro y se siente frágil ante una administración qué decide al margen de él. Pierde status ante el paciente y la industria, ya que deja de ser el decisor de la prescripción a ser un ejecutor, es quien marca la pauta, y es la administración y la farmacia quienes deciden por él.

 

 

 

Si atendemos a la pirámide de las necesidades de Maslow, nos damos cuenta que el médico ya no busca la autorrealización, el formarse, en crecer y enriquecerse a nivel profesional, el quiere destacar frente al resto… sino que su necesidad principal es la de subsistir: el quedarse como mínimo tal y como está ahora.

Todo ello se enfatiza en aquellos médicos que no disponen de plaza fija y que se sienten obligados a claudicar las directrices de la administración, tratando a los pacientes con los principios activos que disponen del  visto bueno de la administración, necesita ‘asegurarse’ su continuidad laboral.

Un médico tras hacerle una entrevista nos comentaba que ha perdido la ilusión por la profesión, que se han disipado sus ideales, que es un sumiso, y que en muchas ocasiones se siente violado, que ya no tiene iniciativas pues “su institución” las ha bloqueado y que sus emociones profesionales se han desvanecido.

Pide a gritos un golpe de estado, una sublevación social real, una rebelión de todos los profesionales sanitarios (donde claramente no incluye al farmacéutico, a quién considera algo ganador), una acción contundente hacia toda clase política, siente que se ha tocado algo sagrado como la Sanidad y que las restricciones (que no forma de racionalizar) se está gestionando de mal en peor.

No augura tampoco un futuro prometedor de la sanidad privada. Considera que con el paro in crescendo no habrá quien pueda pagar la prima mensual de las compañías der sanidad privada. Afirma que el núcleo donde trabaja (una población de clase alta, de los que en los 90 se denominaban nuevos ricos, muchos de ellos dedicados a la construcción) ha incrementado en un par de años un 30% las visitas al Centro de Salud: son familias que obviamente han renunciado a la sanidad privada.

Con la obligatoriedad de prescribir por principio activo el médico pierde el poder, queda en un espacio entre la administración (que aboga por unos principios activos) y el farmacéutico (quien decide la marca).

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