¿Cuál es el precio de un mes de vida?

¿y si el enfermo fuera un familiar del decisor económico?

La coyuntura de crisis económica sumada a los recortes que el sector farmacéutico viene padeciendo desde bastante antes de que estallara la casi calificable como catastrófica situación actual, ha acabado dinamitando algunos de los principios éticos básicos de la medicina.

Ya no sirve la habitual demonización y castigo de la Industria Farmacéutica como ente voraz y lucrativo responsable de todos los males crematísticos que asolan la sanidad.

En la actualidad, el enfermo, como parte de la sociedad, empieza a padecer en sus propias carnes las restricciones que limitan su acceso a una sanidad de calidad. La mirada se sitúa no ya en los laboratorios, finalmente entes privados con grandes inversiones tecnológicas y humanas, sino en los gestores económicos de los recursos de los ciudadanos.

Un médico, actualmente reconvertido en gestor de recursos, sea de la especialidad que sea, aspira a ofrecer la mejor opción terapéutica a su paciente. Sin embargo, en este momento se encuentra encorsetado a nivel presupuestario o por trabas administrativas para acceder a determinados tratamientos. O simplemente el mejor tratamiento posible desde un punto de vista de las evidencias científicas no está disponible en su hospital… y quizás sí en el hospital del barrio de al lado. Por ejemplo, en Barcelona, que tu hospital de referencia sea uno u otro puede significar el acceso a un tratamiento determinado o no.

El concepto beneficio / coste, o llamémosle calidad / precio, más propio de otros sectores, se impone frente al concepto tratamiento más eficaz.

Aunque en determinadas áreas terapéuticas el modelo coste / eficacia puede resultar hasta razonable, no está tan claro en determinados segmentos. En el caso de la oncología, determinados médicos se sienten ante una disyuntiva moral ya que conocen tratamientos que han demostrado supervivencia con calidad de vida pero que no pueden ofrecer a los pacientes por su elevado coste:

  • Se ven obligados a ofrecer productos de bajo coste pero escasa actividad, productos con una toxicidad muy elevada o simplemente enviar al paciente directamente y de forma prematura a paliativos.

En este sentido, puede priorizarse el gasto en tumores con mayores posibilidades de supervivencia frente a otros en los que la evidencia demuestra un incremento de escasos meses.

Pero realmente, ¿cuál es el precio a pagar por un tratamiento con evidencias de incremento de supervivencia de 3 meses?, ¿y de 2?… ¿y si el enfermo fuera un familiar del decisor económico?¿quién tiene el derecho ético y moral de decidir que 2 ó 3 meses de vida demostrados por evidencia científica no son suficiente para justificar un tratamiento? En definitiva, ¿cuál es el precio de un mes de vida?

Este tipo de circunstancias no sólo ocurren en oncología, también, con consecuencias menos dramáticas pero muy importantes en la calidad de vida del paciente, en problemáticas de ámbito hospitalario, como el retraso de las entradas del biológico en Artritis Reumatoide o el uso de interferones pegilados en Hepatitis C, por citar algunos ejemplos.

Cabe decir que parte del colectivo sanitario, que ve amenazado su status laboral y económico, empieza a modificar su escala de valores, aceptando como una situación normalizada este tipo de circunstancias, y no como una situación impuesta.

Al margen de todo, el cambio en la escala valores a nivel sanitario, y la progresiva interiorización de dichos valores por parte del dicho colectivo, obliga a un replanteamiento de las estrategias de Marketing, cuestionándonos desde la raíz los paradigmas básicos que han funcionado hasta ahora y adaptándonos de la forma rápida al contexto emergente.

Desde luego la investigación de mercados como herramienta de soporte al Marketing tiene mucho que decir al respecto.

Esa es la clave de nuestra supervivencia como empresas y como profesión.

 

Guillem Carreras

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